La voz del relator que habla es deliberadamente baja,
casi susurrada.
No aspira aforismos sentenciosos ni iluminación mística; prefiere el apunte, la acotación al margen, el fogonazo de una imagen cotidiana que de pronto revela su envés metafísico.
Hay un tono tipo diario íntimo que, sin embargo, evita el confesionalismo fácil: él, se observa a sí mismo observando, y en ese desdoblamiento gana distancia irónica y serena, para ir directo a portería.
Esto lo aleja.
Foul!!

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